El Teatro de la Zarzuela ha presentado una nueva edición del Proyecto Zarza, la iniciativa que desde hace diez años conecta el género lírico español con las nuevas generaciones.
Y lo hace
celebrando su décimo aniversario con un título emblemático: Bohemios,
de Amadeo Vives, que regresa al coliseo madrileño donde se estrenó en 1904.
Cinco
funciones abiertas al público y once escolares, del 20 de febrero al 1 de
marzo.
Dieciséis jóvenes intérpretes de entre 18 y 30 años, seleccionados tras un
exigente proceso de audiciones.
Quince músicos de la Joven
Orquesta Nacional de España (JONDE), de entre 20 y 26 años, en el foso.
La
partitura, fiel al original de Vives, estará dirigida por el maestro Julio
César Picos, responsable también de la reducción para pequeña orquesta.
La dirección
de escena corre a cargo de Nicola Beller Carbone, con escenografía de Carmen
Castañón, vestuario de Pier Paolo Álvaro e iluminación de Pedro Chamizo.
En la
preparación vocal ha colaborado, como en ediciones anteriores, Antonio Fauró,
director del Coro Titular del teatro.
Un clásico
que mira al siglo XXI.
De la
buhardilla parisina a un bar de barrio en el Madrid actual.
Los mismos
sueños, las mismas aspiraciones, nuevas amenazas.
El
dramaturgo Nando López versiona el libreto original de Guillermo Perrín y
Miguel de Palacios —respetando los textos cantados— y convierte a los artistas
parisinos en bohemios madrileños del siglo XXI.
Jóvenes que
creen que el arte puede transformar el mundo y hacerlo más habitable.
Una bohemia
beligerante y reivindicativa que dialoga con el presente.
La nueva
producción plantea una escenografía dual —un set de rodaje y un local
autogestionado— que conviven en escena, alternando protagonismo y manteniendo
viva la acción incluso en penumbra.
Además,
cerca del 50% del material escenográfico procede de los fondos del propio
teatro, reforzando el compromiso sostenible del montaje.
Diez años
después de su nacimiento, el Proyecto Zarza reafirma su esencia: reinterpretar
las grandes obras de la lírica nacional sin tocar su música ni sus partes
cantadas, pero trasladando sus historias a códigos, lenguajes y conflictos
cercanos al público joven.
Funciones
escolares con coloquio posterior, actividades paralelas, formación docente y
encuentros en el ambigú completan una propuesta que demuestra que la zarzuela
no es una pieza de museo, sino un arte vivo.


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